Km. 87.

El capullo de seda se refleja en una meseta de flor de sal hecha a su medida. Recuerdo a mi amiga Cecilia, cruzando las Salinas de Jujuy (Argentina). Guardo una foto en la que aparece ella y su amor, en medio de aquel espejo blanco y se me ocurre enviarle una aquí, gozando del mismo privilegio, del brazo de mi sedoso acompañante. Me han dicho que nadie ha dado la vuelta a la isla andando y me resulta extraño. A lo mejor es que su testimonio no ha quedado registrado. O quizá consideren que ni es una aventura de riesgo, ni una actividad glamourosa, ni encaja en el calendario veraniego (construído en fines de semana, semanas, quincenas y, como máximo, un mes). Quizás la razón se esconda en la pregunta que más me han hecho los isleños: qué gano con esto. Lo que pretendo es ser testigo de los diálogos del agua con la tierra, enhebrar el paisaje y sus habitantes, interrumpir el sopor de los turistas con una presencia inquietante y filtrar en los chascarrillos el lento poder de las gotas de agua. Esta costa da fe, estas rocas, de la importancia de lo minúsculo.

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Esta entrada se publicó el julio 5, 2007 en 7:25 pm y se archivó dentro de Quinta Jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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