Km. 91.

Dos chicos cantan en su llaut una canción cuya letra no entiendo. Por el ritmo, juraría que es pop. Su figura se recorta a contra luz. Entre ellos y yo, dos jóvenes, desnudas, esbeltas, juegan con sus palas junto a dos niños pequeños. La pelota va y viene y cae sobre las dunas de posidonia, que aquí crean enormes escalones, y ellas la rescatan con la punta de sus pies. Por lo visto soy la única torpe del lugar: presa de un ataque de lirismo me encumbré en uno de los montículos de estas plantas marinas y éste se hundió bajo mis pies hasta empaparme las rodillas. Levanto el mojón número 91 sobre el testigo de mi metedura de pata, vecina de la belleza y la armonía. El sol cae. A mi izquierda, en sa Punta Negra, diviso un escar (Toni me ha explicado que así se denominan a los varaderos artesanales). De lejos, la silueta de las golondrinas  se dibujan en el azul.

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Esta entrada se publicó el julio 5, 2007 en 6:50 pm y se archivó dentro de Quinta Jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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