Km. 67.

Ahora que estoy en las inmediaciones del puerto, tomo conciencia de las palabras de Coloma y Enrique sobre el impacto que hubiera tenido su ampliación: no sólo habría destruido la paradera de posidonia  que se extiende frente al litoral, sino que habría acabado con una forma de estar y de moverse en el espacio público, una forma de vida. A diferencia de otros puertos, aquí he tomado contacto antes con los vecinos que con las verjas y los muros: He entregado uno de mis botones amarillos a Sergei, un bebé que tomaba el sol con su madre y sus abuelos; le he dado otro a Margalida, la cocinera de un campamento de verano… La mujer pescaba con un ojo puesto en la caña y el otro en los niños, que juegan en el agua. No pican. Hace mal tiempo. “¿Qué hace cuando se le enreda el hilo?”. “Lo corto”.  Me sorprende, por alguna razón, no esperaba esta respuesta.

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Esta entrada se publicó el julio 4, 2008 en 2:50 pm y se archivó dentro de Cuarta Jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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