Km. 72.

Ha sucedido algo extraño: estaba colocando en la pasarela de madera el último capullo de seda cuando Hebe me hace llegar la letra de La Balanguera. Toni la lee en voz alta y la traduce. Entonces, sin poderlo evitar y me derrumbo. Siento que mi cuerpo da fe de que el poeta se limitó a escribir lo que vió, no inventó, no tradujo lo real, no interpretó. Lloro desconsoladamente porque mis pies saben que la parca fila los destinos de los hombres y porque yo voy del este (sol naciente) al oeste (donde el sol muere); porque el verso no es metáfora, sino algo tan cotidiano y concreto como la piel y los huesos. Comprendo al visionario, al poeta y al loco. Voy de la ternura al estremecimiento, sin poder contener las lágrimas.

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Esta entrada se publicó el julio 4, 2008 en 2:25 pm y se archivó dentro de Cuarta Jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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