Km. 43

Si después de mirar detenidamente el botón amarillo aprieto los párpados con fuerza, el color se transforma en un rojo cadmio que tarda en deshacerse en la cuenca de mis ojos. Si lo hago varias veces, mi pequeño compañero se multiplica como pequeñas chispas en medio de la oscuridad. Embriagada por el experimento, hago lo propio con la garriga, pero su verde desaparece en el fondo de mis párpados, sin dejar rastro. Quizá por eso me araña las piernas, rasga los pantalones y enreda mi hilo, poque no logro retener su recuerdo. Pese a haber reseñado el sustrato calizo en el que crece, pese a evitar sus ramas en cada paso, mi atención no vence al olvido. Quizá por eso los ricos se cubran de oro, para combatir la invisibilidad, y quizá por eso los pobres encuentren lecho entre la tierra y el verde y les cueste tanto permanecer en la memoria colectiva. Me enrosco a los pies de un arbusto. Observo el hilo con la cara pegada a la tierra, es mi particular baba de caracol. Soy un animalito torpe recién llegado a este entorno.

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Esta entrada se publicó el julio 3, 2009 en 1:15 pm y se archivó dentro de Tercera jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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