Km. 51.

El mar es ahora accesible gracias a los escalones naturales que aquí crean las calizas. El sol revienta el rojo del terreo, que parece fuego bajo mis pies. El trayecto ha sido una suma de arquitecturas minúsculas hechas con guijarros, lascas, piedras de diferentes tamaños apiladas torres y trazando círculos. Camino en silencio, abrumada por el espectáculo, mientras rebusco en la memoria alguna explicación a estos improvisados templos. Recuerdo una historia, irlandesa. Los campesinos y pastores tienen una forma particular de llamar a los menhires que aún siguen en pie: “el hombre falso” o “el hombre fingido”. Las rocas clavadas en el suelo se les figuran piedras vivas, capaces de firar sobre sí mismas, danzar e incluso beber. Cuentan sus leyendas que esos menhires fueron en verdad seres humanos a los que Dios castigó all sorprenderles bailando una danza profana. El capullo de seda se mece, las olas le invitan a bailar, su amarillo se enciende,voluptuoso.

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Esta entrada se publicó el julio 3, 2009 en 11:35 am y se archivó dentro de Tercera jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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