Km. 53.

Cala Belrán tiene un encanto que mis pies niegan, agotados. El rincón es la desembocadura de un torrente; si se recorre prescindiendo de las rutas abiertas para y por los veraneantes, no es un tratecto cómodo, pero quiero que mis pies se apropien a su manera de este lugar en el que, según la leyenda, desembarcó Barba Roja. La razón: mis juegos infantiles. Este corsario fue el protagonista de las aventuras que inventaba en septiembre, cuando las primeras lluvias traían a la playa tesoros y restos de naufragios. Con mis hermanos, imaginaba que alcanzábamos la Isla de las Tortugas, donde las mujeres también eran capaces de pasar por la quilla al enemigo. Entonces desconocía la existencia de Mary Read y Anne Bonny, corsarias de carne y hueso, no lo necesitaba. Oigo las risas de los que nadan junto a los veleros y caigo en la cuenta de que he hablado con una sola persona en todo el día.

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Esta entrada se publicó el julio 3, 2009 en 11:25 am y se archivó dentro de Tercera jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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