Km.22.

Todo es silencio. Camino sin que me haya abandonado el letargo. Me acompaña un niño (Jaume), que señala en el camino aquellos rincones en los que jugó cuando era aún más pequeño. Los restos de una vela deshecha sobre el madero insinúan una velada romántica bajo las estrellas. Esta zona es una suma de bocas de antiguos torrentes, desembocaduras que hoy crean pequeñas calas entre quebrados. He amanecido en Cala Blava, antes llamada Cala Mosques. Con la mala prensa que tienen estos insectos es fácil entender que los urbanistas sustituyeran “moscas” por “azul”. Sucedió antes de que muriera Franco, por entonces los baños termales de la Costa Azul francesa habían recuperado su glamour gracias al cine. Este referente tenía gancho entre las nuevas clases medias. Jaume ha encontrado otro de los acantilados desde los que se lanzaba al azul, su voz me alcanza desde el otro lado del ensueño.

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Esta entrada se publicó el julio 2, 2010 en 6:00 pm y se archivó dentro de Segunda jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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