Km. 30.

Subo, bajo, requiebro, me enredo entre rocas, seres tostados por el sol aparecen hasta debajo de las piedras. La mayoría son nudistas (los  recovecos de la costa alimentan la sensación de intimidad). Su placidez contrasta con mi denodado esfuerzo por encontrar una salida. Mi mochila pesa aún más cuando contemplo la ligereza de las chanclas y su piel. Me siento expulsada del paraíso y el espacio parece aliarse con mi sensación: vuelvo sobre mis pasos una y otra vez, en busca de una salida. Los bañistas son sirenas capaces de hacerme perder el norte, unos me observan con laxitud, otros preguntan por el sentido de mi esfuerzo y el sol está en lo ás alto. Temo naufragar en tierra. Frente a sus atracitvas voces, mi discurso resuena en mis oidos como una letanía que me resulta sospechosa. Hay algo que no cuento. Después de preguntar una y otra vez por la salida, un joven se ofrece a guiarme. Por el camino me cuenta que es controlador aéreo. Cuando me quiero dar cuenta me ha devuelto a pocos metros del parabrisas del coche.

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Esta entrada se publicó el julio 2, 2010 en 4:00 pm y se archivó dentro de Segunda jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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