Km. 33.

Tras enredarme en sus tripas, el recorrido juega conmigo y me escupe a un lugar desconocido y para más chufla me da una pista: empieza por “P”. Respondo que el sedoso mojón 33 se levanta en una Pared que aún no tiene nombre definitivo… y que detrás de ella se asoma “la casa del no”. Llegué al borde de su jardín agarrándome con los dedos a sus muros, vertical añadida a la del cortado. Lo hacía con cierta sensación de vértigo, porque un acantilado visto desde abajo, abruma, pero desde arriba asusta. La dueña de la casa, al verme, comenzó a marcar el teléfono, en medio del resuello le pedí permiso para cruzar el seto tras el que se vislumbraba el firme del asfalto y que ella mantenía primorosamente podado. Me dijo “no” y se quedó mirándome con frialdad para luego añadir “vuelve por donde has venido”. Afortunadamente el orgullo y la ira vienen a socorrerme y haciendo equilibrios bordeo su oasis por el estrecho desfiladeroque me separa de la vertical. Mientras, ella, vigila mis pasos con el teléfono en la mano. Al otro lado de su propiedad me esperaba una urbanización con calles aún por construir, un semillero de futuros dueños. Por cierto, ¿“P” de prisión?

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Esta entrada se publicó el julio 2, 2010 en 3:15 pm y se archivó dentro de Segunda jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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