Km. 35.

El capullo de seda me obliga a reparar en el mensaje de amor escrito en una pared abandonada y lo primero que hago es buscar en el cuaderno una de esas frases que apunté antes de la partida, un pequeño botiquín de primeros auxilios literarios. Pertenece a Lautremont: “Bello es el encuentro fortuito sobre una mesa de operaciones, de una máquina de coser y de un paraguas”. Leer “te quiero” en un muro solitario y a esta hora en que cae la luz apela a mi corazón, el más ningungueado en este viaje. Me conmuevo. Comprendo por qué convierto en laberinto cuanto piso: camino con la cabeza. Tan embriagada estoy con la maravillosa precipitacion de mi deseo que hago caso omiso de las coordenadas que procesa el resto de mi cuerpo. Me divierte tanto encontrar objetos aparentemente inútiles que, descontextualizados, me provocan asociaciones inéditas, que no veo delante de mis narices.

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Esta entrada se publicó el julio 2, 2010 en 2:45 pm y se archivó dentro de Segunda jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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