Km. 36.

El nacimiento de una urbanización genera un efecto sísmico. Al epicentro (retratado profusamente por los planos) le suceden capas de deshechos, gravillas y tierra removida se superponen hasta la superficie de la última onda espansiva, donde sólo las ranas percibieron los temblores del parto, el lugar donde ahora me encuentro. Aquí las zarzas disfrazan el polvo del cemento, las briznas de plástico y cantos de ladrillo. Hubiera preferido seguir perdida en mis monólogos, pero cartografiar cada nuevo kilómetro me obliga a pequeños actos, precisos:  comprobar el estado de mi cámara de video, enredar el hilo, registrar las coordenadas en el gps y en el cuaderno, colocar el capullo de seda donde toca y fotografiarlo, bebo agua, acomodo el calzado… Al final pierdo la mirada en el azul (en este caso, del cielo) como quien está a punto de volver al sueño. Tocar el mar está resultando más difícil de lo que imaginaba.

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Esta entrada se publicó el julio 2, 2010 en 2:30 pm y se archivó dentro de Segunda jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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