Km.10.

Lo que veo no es un canal, tampoco son acantilados. El tamaño del capullo de seda convierte la salida de aguas residuales en un lugar sugerente. Gracias al juego de apariencias, este lugar degradado podría convertirse en las cataratas del Niágara. El cerebro cree en los trampantojos. ¿Por qué no llevarle al absurdo?. La lluvia al caer también moja y arrastra, limpia el aire y se lleva por delante todo lo que puede; en una ciudad es algo más que tierra: papeles, basura, restos de gasolina, pintura, orines… A esta mezcla los técnicos los llaman “pluviales“. En Palma los pluviales tienen tratamiento de río: desembocan en el mar sin pasar antes por la depuradora. Los bañistas chapotean a pocos metros de allí, entre el rumor de las olas. No repararan en esta pequeña ranura en el asfalto, carente de significado, ni en el hedor que el mar diluye. Le dan la razón a su cerebro.

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Esta entrada se publicó el julio 1, 2011 en 9:00 pm y se archivó dentro de Primera jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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