Km.15.

Busco refugio junto a un escuálido árbol del paseo, pero ha olvidado qué significa proteger pues no fue plantado más que como parte del mobiliario urbano. Es flaco como una farola, sus raíces apenas sobreviven en un hueco del suelo, sin embargo, insisto, mis pies respiran solos. Es la hora de la siesta. Exhausta, encaramo el capullo en la parte más alta de esta minúscula duna y creo un trampantojo: levanto una caseta de playa, oval y sedosa. Ajenos a mi cansancio, juegan los niños en la arena. Me invade una extraña y melancólica desnudez.

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Esta entrada se publicó el julio 1, 2011 en 7:45 pm y se archivó dentro de Primera jornada. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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